ANTIGONA SOFOCLES PDF

Hijo de Creonte. Tiresias, adivino, anciano y ciego. Un mensajero. Coro de ancianos nobles de Tebas, presididos por el Corifeo. La escena, frente al palacio real de Tebas con escalinata.

Author:Gat Zulkira
Country:Bahamas
Language:English (Spanish)
Genre:Science
Published (Last):15 October 2010
Pages:285
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ISBN:825-9-74932-314-8
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Hijo de Creonte. Tiresias, adivino, anciano y ciego. Un mensajero. Coro de ancianos nobles de Tebas, presididos por el Corifeo. La escena, frente al palacio real de Tebas con escalinata. Al cabo de unos instantes, vuelve a salir, llevando del brazo a su hermana Ismene, a la que baje bajar las escaleras y aparta de palacio. Se ve que lo que vas a decirme te ensombrece.

Y ahora, que solas nosotras dos quedamos, piensa que ignominioso fin tendremos si violamos lo prescrito y trasgredimos la voluntad o el poder de los que mandan. En cuanto a ti, si es lo que crees, deshonra lo que los dioses honran. ISMENE En cuanto a mi, yo no quiero hacer nada deshonroso, pero de natural me faltan fuerzas para desafiar a los ciudadanos. Nadie hay tan loco que desee la muerte. Sorprende a Creonte cuando estaba subiendo ya las escaleras del palacio.

Se detiene al advertir su llegada. Buen cuidado pones en enristrar tus palabras, atento a no ir directo al asunto. Evidentemente, vas a hacernos saber algo nuevo. Es que las malas noticias suelen hacer que uno se retarde.

Habla, de una vez: acaba, y luego vete. A Creonte. Al coro. Basta, antes de hacerme rebosar en ira, con esto que dices; mejor no puedan acusarte a la vez de ancianidad y de poco juicio, porque en verdad que lo que dices no es soportable, que digas que las divinidades se preocupan en algo de este muerto.

No puede ser. Por ganancias que de vergonzosos actos derivan pocos quedan a salvo y muchos mas reciben su castigo, como puedes saber. Ay, si es terrible, que uno tenga sospechas y que sus sospechas sean falsas. Estaba enterrando al muerto: ya lo sabes todo. Lo confirmo, si; yo lo hice, y no lo niego. Todo el mundo lo sabe. A los esclavos. De entre todos los cadmeos, este punto de vista es solo tuyo. Que no, que es el de todos: pero ante ti cierran la boca.

Nada hay vergonzoso en honrar a los hermanos. Mi hermano era, del mismo padre y de la misma madre. Con todo, Hades requiere leyes igualitarias. Pero no que el que obro bien tenga la misma suerte que el malvado.

Se acerca Ismene entre dos esclavos. ISMENE No, hermana, no me niegues el honor de morir contigo y el de haberte ayudado a cumplir los ritos debidos al muerto. No ha de faltarle tierra que pueda cultivar. No quiero yo malas mujeres para mis hijos. Tu padre te falta al respeto. Parece, pues, cosa resuelta que ella muera.

Felices aquellos que no prueban en su vida la desgracia. Sale Creonte de palacio. Al punto lo sabremos, con mas seguridad que los adivinos. Y ella, que le vaya con himnos al Zeus que protege a los de la misma sangre. En el lado de los vencedores, es la disciplina lo que salva a muchos.

Por tanto, no me extremes tu rigor y admite el cambio. Porque, si cuadra a mi juventud emitir un juicio, digo que en mucho estimo a un hombre que ha nacido lleno de ciencia innata, mas, con todo —como a la balanza no le agrada caer por ese lado12—, que bueno es tomar consejo de los que bien lo dan. Valiente obra, honrar a los transgresores del orden!. No es eso lo que dicen sus compatriotas tebanos. No puede, una ciudad, ser solamente de un hombre. Porque no puedo dar por justos tus errores. Si, porque lo injurias, pisoteando el honor debido a los dioses.

En todo caso, lo que dices, todo, es a favor de ella. A unos esclavos. No a la que no tuvo parte, dices bien. Entra Creonte en palacio. Con Aqueronte, voy a casarme. Ilustre y alabada te marchas al antro de los muertos, y no porque mortal enfermedad te haya golpeado, ni porque tu suerte haya sido morir a espada.

Pero ella era una diosa, de divino linaje, y nosotros mortales y de linaje mortal. Superando a todos en valor, con creces, te acercaste sonriente hasta tocar el sitial elevado de Dike, hija. De tales padres yo, infortunada, he nacido. Y ahora voy, maldecida, sin casar, a compartir en otros sitios su morada.

Pero, muertos mi padre, ya, y mi madre, en el Hades los dos, no hay hermano que pueda haber nacido. Y todo, por haber respetado la piedad. Pero es implacable la fuerza del destino. Ni la felicidad, ni la guerra, ni una torre, ni negras naves al azote del mar sometidas, pueden eludirlo.

Ciego y muy anciano, guiado por un lazarillo, aparece, corriendo casi, Tiresias. Por ello rectamente has dirigido la nave del estado. Pues bien, piensa ahora que has llegado a un momento crucial de tu destine. Tus palabras me hacen temblar. Recapacita, pues, en todo eso, hijo. Pensando en tu bien te digo que cosa dulce es aprender de quien bien te aconseja en tu provecho. En la medida justo, me parece, en que el mal mayor es no tenerlo. No quiero responder con injurias al adivino.

Con ellas me respondes cuando dices que lo que vaticino yo no es cierto. Sucede que la familia toda de los adivinos es muy amante del dinero. Y que gusta la de los tiranos de riquezas mal ganadas. Si, me doy cuenta, porque si mantienes a salvo la ciudad, a mi lo debes.

Bien, pero has de saber que mis decisiones no pueden comprare. Sale Tiresias con el lazarillo. Y sabemos —desde que estos cabellos, negros antes, se vuelven ya blancos— que nunca ha predicho a la ciudad nada que no fuera cierto. Conviene que reflexiones con tiento, hijo de Meneceo. Habla, que estoy dispuesto a obedecerte. Esto me aconsejas?

Ay de mi: a duras penas pero cambio de idea sobre lo que he de hacer; no hay forma de luchar contra lo que es forzoso. Nadie puede hacer de adivino porque nada hay fijo para los mortales. Y los responsables de estas muertes son los vivos. El mismo y por su misma mano: irritada protesta contra el asesinato perpetrado por su padre.

La verdad es siempre el camino mas recto. Es de mi hijo esta voz que me acoge. Sal, hijo, sal; te lo ruego, suplicante. La reina se ha marchado sin decir palabra, ni para bien ni para mal? Entra en palacio. Al mensajero. Si, yo, yo la mate, yo, infortunada. Y digo la verdad. No hay hombre que pueda eludir lo que el destino le ha fijado. A sus servidores. Todo aquello en que pongo mano sale mal y sobre mi cabeza se ha abatido un destino que no hay quien lleve a buen puerto Sacan los esclavos a Creonte, abatido, en brazos.

Y, en lo debido a los dioses, no hay que cometer ni un desliz.

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Antígona (Sófocles)

Antes del comienzo de la obra, estos dos hermanos se dieron muerte mutuamente en la guerra civil tebana. Fueron los defensores de Tebas los que vencieron en el combate. El coro de ancianos cree que los dioses han intervenido para resolver el conflicto de leyes, pero Creonte amenaza con pagar menos a los guardianes porque cree que alguien los ha sobornado. Explica que ha desobedecido porque las leyes humanas no pueden prevalecer sobre las divinas.

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